Durante las celebraciones del mes de febrero todos los demás parecen tener más sexo que nosotros. Pero los datos dicen lo contrario.
Redacción: Natalia Martínez – Periodista TRO Digital

Una encuesta realizada a 2.000 americanos en pareja reveló que una de cada cuatro tiene relaciones sexuales una vez al mes o menos. Además, la frecuencia semanal entre adultos ha caído de forma sostenida desde la década de 1990.
No se trata solo de solteros. Tampoco de relaciones rotas. Muchas de las personas que están teniendo menos sexo siguen enamoradas, conviven con sus parejas y duermen en la misma cama. Sin embargo, la intimidad física ya no es una prioridad.
¿Qué está pasando?
Para muchas personas, el deseo no ha desaparecido. Lo que se ha agotado es la energía.
Una mujer promedio de 30 años que trabaja más de ocho horas gestionando redes sociales y respondiendo mensajes sin pausa, llega a casa mentalmente saturada. Puede sentirse atraída por su pareja y asegurar que el vínculo es sólido. Sin embargo,prefiere recostarse sobre su pareja, quedarse quieta y recibir un abrazo antes que iniciar un encuentro sexual.
La cercanía sigue siendo importante. La actividad, no tanto.
No hay conflictos graves ni rupturas silenciosas. Tampoco terceros involucrados. En muchos casos, el factor común es más simple y menos dramático: agotamiento.
Los datos confirman la caída
El fenómeno ha sido bautizado como la “recesión sexual”.
Investigaciones recientes muestran que:
- Las relaciones sexuales semanales han disminuido drásticamente desde los años noventa.
- Jóvenes adultos reportan menos encuentros íntimos que generaciones anteriores.
- Incluso parejas estables reconocen una caída en la frecuencia.
La periodista Kara Kennedy investigó este fenómeno entrevistando a hombres y mujeres que aseguran sentirse atraídos por sus parejas, pero simplemente no tener ganas.
Las razones se repiten: agotamiento, estrés, exceso de estímulos digitales, falta de tiempo y presión por “rendir”.
¿Un problema hormonal, tecnológico o cultural?
Las hipótesis son múltiples.
Algunos expertos señalan factores biológicos, como la disminución de testosterona en hombres o los efectos secundarios de anticonceptivos hormonales.
Otros apuntan a la tecnología. El uso excesivo de redes sociales mantiene el cerebro en estado de hiperestimulación constante. El deseo sexual compite con notificaciones, pantallas y scroll infinito.
También se menciona el consumo de material para adultos, que puede alterar expectativas y reducir la motivación para el contacto real.
Sin embargo, la investigadora y autora Debra Soh propone una lectura más amplia en su libro Sextinction: The Decline of Sex and the Future of Intimacy. Para ella, no estamos ante una simple sequía pasajera, sino frente a un cambio cultural profundo.
“Como sociedad, estamos en camino de desconectarnos cada vez más unos de otros”, advierte.
La generación confundida frente al amor
Un informe del Harvard Graduate School of Education encontró que muchos jóvenes se sienten inseguros y confundidos frente a las relaciones románticas. Aunque desean vínculos significativos, reportan dificultades para construir intimidad auténtica.
La llamada “cultura del ligue” habría generado más ansiedad que satisfacción.
Paradójicamente, en una época de mayor libertad sexual, menos tabúes y mayor acceso a potenciales parejas gracias a aplicaciones, la conexión profunda parece más difícil.
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Cansancio, presión y desconexión
Una palabra aparece constantemente en los testimonios: agotamiento.
Las jornadas laborales extensas, la crianza, la precariedad económica y la hiperconectividad están dejando poco espacio para el deseo espontáneo.
La intimidad emocional sigue existiendo. El cariño no desaparece. Pero el impulso físico se diluye en medio del ruido cotidiano.
¿Estamos redefiniendo el deseo?
Tal vez la pregunta no sea solo por qué tenemos menos sexo, sino qué significa el sexo hoy.
Para algunas parejas, menos frecuencia no implica menos amor. Para otras, sí genera preocupación.
Lo que parece claro es que algo está cambiando. La “recesión sexual” no es solo un fenómeno estadístico. Es un reflejo de cómo vivimos, trabajamos, nos comunicamos y nos relacionamos.
En un mundo hiperconectado, tal vez el verdadero desafío no sea tener más encuentros, sino recuperar la capacidad de desconectarnos para volver a tocarnos.





