La mujer que encendió la Rebelión de los Comuneros

Canción: El Socorro – Dueto de Los Hermanos López

Redacción: Nayerly Garcia – Periodista TRO Digital

Una mujer fue la encargada de dar voz a la inconformidad de todo un pueblo.

El mercado de El Socorro estaba lleno aquella mañana del 16 de marzo de 1781; entre el ruido de los vendedores, los campesinos que llegaban con sus productos y los comerciantes que discutían precios, un nuevo papel apareció fijado en la plaza.

Era un edicto.

Otro más en el que se anunciaban nuevos impuestos para los habitantes del Virreinato de la Nueva Granada.

Para muchos de los presentes, aquello no era ninguna sorpresa; desde hacía años la vida en la colonia parecía girar alrededor de los tributos, se pagaba por vender, por comprar, por producir, por comerciar. Se pagaba por el tabaco, por el aguardiente, por la sal. Incluso por cosas tan simples como los juegos de cartas.

Las reformas impuestas por la Corona española —conocidas como Reformas Borbónicas— buscaban fortalecer las finanzas del imperio. Pero en la Nueva Granada esas decisiones se sentían de otra manera: más control, más cobros, más presión sobre quienes menos tenían.

El encargado de aplicar aquellas medidas era el visitador real Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres, quien había llegado con la misión de reorganizar las rentas de la Corona.

Entre la población comenzaba a circular una frase que resumía el sentimiento colectivo:

“Todo está gravado: el capital y la renta, la industria y el suelo, la vida y la muerte, el pan y el hambre.”

No era solo el peso de los impuestos. Era también la manera en que se cobraban: los recaudadores confiscaban bienes, perseguían a quienes no podían pagar y trataban con dureza a campesinos, artesanos y comerciantes.

Para muchos, la sensación era clara: trabajaban cada vez más, pero cada vez les quedaba menos. La inconformidad crecía en silencio.

Hasta que una mujer decidió romperlo.


Entre las personas reunidas aquel día en la plaza se encontraba Manuela Beltrán; había nacido en El Socorro en 1724, aunque en ese momento nadie imaginaba que su nombre terminaría entrando en la historia.

Se acercó al edicto.

Lo leyó.

Y, sin decir una palabra, lo arrancó de la pared.

El papel se rompió entre sus manos frente a la multitud; por un momento, el mercado quedó en silencio, luego, se escuchó una frase que atravesó la plaza y se repetiría durante generaciones:

“¡Viva el Rey y muera el mal gobierno!”, exclamó la mujer.

El gesto era peligroso: desafiar públicamente a las autoridades coloniales podía significar castigos severos, pero algo había cambiado.

Aquella escena encendió la indignación que llevaba años acumulándose entre la población.

Campesinos, artesanos, arrieros, comerciantes, indígenas y mestizos comenzaron a organizarse, y lo que empezó como un acto espontáneo en una plaza pronto se convirtió en un movimiento que recorrería gran parte del virreinato.

Había comenzado la Rebelión de los Comuneros.


La protesta se extendió rápidamente por pueblos y regiones: San Gil, Pamplona, Antioquia, los Llanos y la costa atlántica comenzaron a sumarse, entonces, lo que al principio reunía a unos 2.000 comuneros terminó convirtiéndose en una movilización de cerca de 20.000 personas.

Entre los líderes que tomaron protagonismo estaban Juan Francisco Berbeo, Salvador Plata, Antonio Monsalve y Diego de Ardila. Pero el nombre que terminaría simbolizando la rebelión sería el de José Antonio Galán.

Muchos comuneros marcharon hacia Santafé de Bogotá armados apenas con palos, lanzas, piedras o algunas espadas, cabe resaltar que no era un ejército profesional… era un pueblo que quería ser escuchado.


Ante la presión del movimiento, las autoridades coloniales aceptaron negociar, y las conversaciones se realizaron en Zipaquirá, donde se firmaron las Capitulaciones de Zipaquirá.

En el documento, la realeza prometía reducir impuestos, realizar reformas administrativas y permitir mayor participación de criollos en el gobierno. Por un momento, parecía que el conflicto había encontrado una salida.

Pero la promesa no duró mucho.


Semanas después, el gobierno colonial decidió desconocer lo acordado, la Real Audiencia de Santafé elaboró un acta secreta que anulaba las capitulaciones.

Comenzó entonces la persecución contra los líderes del movimiento; muchos comuneros fueron capturados, algunos fueron ejecutados. Entre ellos, José Antonio Galán, quien fue ajusticiado en Santafé el 1 de febrero de 1782, junto a otros líderes como Isidro Molina, Lorenzo Alcantuz y Manuel Ortiz.

La rebelión fue sofocada.

Pero algo ya había quedado claro.

El levantamiento comunero había demostrado que en la Nueva Granada existía inconformidad social, deseo de autonomía y una creciente resistencia al régimen colonial.


De Manuela Beltrán se sabe poco después de aquel día de mercado. Tras 1781 su nombre prácticamente desaparece de los registros históricos, y no se sabe con certeza cómo ni cuándo murió.

Ese silencio la convirtió en una figura casi legendaria, porque, aunque su historia se pierde entre los archivos del tiempo, su gesto sigue vivo.

Un papel arrancado.

Un grito en medio de un mercado.

Y el momento en que una mujer anónima terminó encendiendo la inconformidad de todo un pueblo.

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