Primera entrega de la serie: Poesía en altavoz
Hay escrituras que irrumpen. Aparecen como una urgencia leve o como un ruido imposible de ignorar. En ese punto, entre lo que se siente y lo que se logra nombrar, es donde muchas poetas santandereanas han comenzado a construir una voz propia, incluso sin proponérselo.
Redacción: Natalia Martínez Trujillo – Periodista TRO Digital



En el Día Mundial de la Poesía, volver sobre esas escrituras es, sobre todo, una forma de escuchar cómo se está narrando el territorio desde lo íntimo, desde el cuerpo y desde una identidad que no siempre termina de definirse.
Hundirme
tal como en el vientre de mi madre
agua y cordón al cuello entonces
Antes de nacer ya giraba sobre mí misma
tanto
que me asfixiaba
Temor
agua hasta el gaznate
nunca nací
a mí me sacaron
de la fuente
No aprendí a tomar agua
como la gente
solo aire ahogado
Del poema "Hundirme". pág. 11
La voz de Angélica María Becerra, a propósito de su primer poemario ‘Destilar la mirada y otros borborigmos’, permite abrir esa conversación sin pretender agotarla.
Poetas santandereanas: escribir entre la necesidad y la posibilidad
Durante años, el acto de escribir ha sido entendido como una decisión consciente o como un oficio que se perfecciona con disciplina. Sin embargo, en la experiencia de muchas poetas, esa lógica resulta insuficiente.
“Uno escribe por una necesidad siempre, pero a la vez no (…) la posibilidad y la necesidad van de la mano”, explica Becerra.
La afirmación se presenta como una forma de sostener la contradicción. Escribir no siempre es urgente, pero cuando lo es, no hacerlo implica perder algo: una idea, una imagen, una intuición que difícilmente se repite de la misma manera.
En ese sentido, la escritura funciona como una forma de retener lo pasajero. No se trata de construir una memoria organizada, sino de evitar que ciertos pensamientos desaparezcan incluso para quien los experimenta.
La poesía aparece entonces como un ejercicio de fijación, una manera de sostener lo que, de otro modo, se diluiría.
Y, sin embargo, también hay espacio para la ligereza:
“Hay momentos donde solamente hay posibilidad de escribir”, dice.
En esa posibilidad habita el juego, la exploración y una relación menos solemne con el lenguaje.
El cuerpo en la poesía: una constante en las poetas santandereanas
Uno de los elementos más persistentes en estas escrituras es el cuerpo como punto de partida.
El título del libro de Becerra introduce esa dimensión desde el inicio: los borborigmos (sonidos internos, involuntarios) funcionan como una metáfora directa de una poesía que emerge desde lo visceral.
“Es una herida en las entrañas (…) el estómago y el pensamiento están muy relacionados”, afirma.
La experiencia corporal no se separa de la experiencia emocional. El dolor físico, el malestar, la sobreestimulación o incluso el hambre se convierten en formas de interpretar el mundo.
Esta relación busca reconocer que el cuerpo es también un archivo. Allí se inscriben las experiencias, los excesos y las ausencias. En ese sentido, muchas poetas escriben desde él.
Territorio e identidad
Pensar en una identidad poética santandereana implica enfrentarse a una paradoja. Si bien existen rasgos culturales reconocibles, en la práctica esa identidad se presenta fragmentada, especialmente en contextos urbanos de la capital.
“La santandereanidad lo delata a uno en cómo habla”, señala Becerra.
Sin embargo, también reconoce que en ciudades como Bucaramanga esa identidad se diluye entre procesos de modernización, pérdida de memoria y transformaciones constantes del entorno.
La ciudad aparece como un espacio intermedio: “un pueblo grande” que aún conserva ciertas formas tradicionales, pero que también incorpora dinámicas urbanas que modifican la manera de habitar y de narrar el mundo.
En ese contexto, el lenguaje se convierte en un lugar de resistencia. Recuperar palabras, insistir en ciertos usos, apropiarse de expresiones que han ido desapareciendo es también una forma de construir identidad.
Esa relación con el territorio no es únicamente conceptual. Durante el lanzamiento de su libro, al recordar a su abuela en algún lugar de su poesía, cosiendo, Becerra se detuvo. La emoción interrumpió el discurso y el recuerdo dejó de ser una referencia lejana, para convertirse en un lugar al que volvía.
Esa escena permite entender algo fundamental: quien escribe imágenes, también regresa a ellas. La escritura habilita la reaparición del pasado. Así como el lector puede habitar un poema múltiples veces, quien lo escribe también vuelve a los lugares que lo originaron.
En ese tránsito, el lenguaje se convierte en un territorio en sí mismo.
Léase también: La ciudad que se escribe en toche: autor bumangués reivindica la lengua materna
Lenguaje y memoria: claves en la poesía santandereana contemporánea
En muchos casos, lo que se escribe no responde a una tradición aprendida de forma consciente, sino a fragmentos: palabras heredadas, dichos familiares, registros que sobreviven en la oralidad.
Esa fragmentación le da una textura particular a la escritura. Permite que la poesía se construya a partir de capas, de referencias cruzadas, de evocaciones.
También abre la posibilidad de cuestionar la idea de identidad como algo fijo. En lugar de responder a un modelo definido de “lo santandereano”, estas escrituras evidencian sus fisuras: la distancia entre generaciones, la pérdida de ciertos referentes, la dificultad de nombrar un lugar que cambia constantemente.
“Me gusta mucho la palabra ‘bregar’”, dice.
Y en esa elección hay más que una preferencia lingüística: hay un intento por sostener una forma de nombrar que carga con una historia, con una sonoridad específica, con una manera particular de entender la acción.
Las nuevas generaciones de escritoras parten muchas veces de la ausencia de una identidad consolidada o de su transformación. Escriben desde ese vacío, desde esa pregunta abierta sobre lo que significa pertenecer a un territorio en constante cambio.
Nuevas formas de habitar la escritura
Existe una expectativa recurrente alrededor de la poesía: la de incomodar, la de surgir del conflicto, la de sostenerse en una intensidad constante. Sin embargo, no todas las escrituras responden a esa lógica.
“No siento que el poema tenga que incomodar”, afirma Becerra.
La incomodidad puede estar en el proceso, en las preguntas que surgen al escribir, pero no necesariamente en el resultado.
Esta postura abre un campo distinto: el de la poesía como espacio de exploración, pero también de disfrute.
“Los poemas con los que yo conecto (…) están llenos de pasión, pero no una pasión patética en extremo, sino una pasión por mirar”.
La mirada se convierte en el centro del ejercicio poético. En esa práctica hay también una dimensión lúdica.
Escribir implica tomar decisiones, establecer reglas propias, definir cómo y desde dónde se quiere nombrar el mundo. Como una forma de asumir el control sobre la propia voz.
Una conversación abierta
Más que ofrecer una definición cerrada sobre la poesía en Santander, la reflexión que surge a partir de esta primera entrega apunta a reconocer la complejidad de estas escrituras.
En lugar de fijar una interpretación única sobre su obra, la mirada de Angélica María Becerra insiste en algo más amplio: la convivencia de fuerzas aparentemente opuestas dentro de la experiencia poética.
La melancolía, que identifica como parte de su carácter, no excluye la presencia de la alegría, ni del juego, ni de una forma de vitalismo que persiste incluso en medio de la incertidumbre.
Desde ahí, la escritura se plantea como un ejercicio de relectura del mundo. No busca recuperar una inocencia ingenua, sino construir una mirada que, aun atravesada por la experiencia, conserve la capacidad de encontrar sentido, o incluso belleza, en lo que no se comprende del todo.
Asumir la poesía como un espacio lúdico es un acto de agencia: quien escribe decide sus reglas, sus ritmos, sus formas de nombrar.
Esta primera aproximación pretende abrir la conversación sobre las estructuras que levantan el movimiento de las poetas santandereanas, y reconocer que, más allá de una identidad fija, lo que existe es una serie de voces que, desde sus propias tensiones, están construyendo nuevas formas de decir, de recordar y de existir en el departamento.








