La ciudad que se escribe en toche: autor bumangués reivindica la lengua materna

Cada 21 de febrero el mundo conmemora el Día Internacional de la Lengua Materna, una fecha que trasciende lo simbólico para recordarnos que las lenguas son más que herramientas de comunicación. 

Redacción: Natalia Martínez – Periodista TRO Digital

El lenguaje construye estructuras de pensamiento, territorios afectivos y formas de existencia.

La celebración fue proclamada por la UNESCO en 1999 y adoptada por las Naciones Unidas con el propósito de proteger la diversidad lingüística y promover el multilingüismo. 

En el marco de la celebración, surge una pregunta clave para entender esta fecha: ¿qué significa realmente escribir desde la lengua materna? ¿Qué ocurre cuando esa lengua es un tejido de modismos, acentos y expresiones locales?

Para explorar esa idea, conversamos con Juan David Campos, un escritor santandereano que en su creación 400 años y un libro”, de la Editorial LACSA, decidió narrar Bucaramanga desde el lenguaje vivo de quienes la habitan, dejando a un lado  los archivos históricos.

Escribir desde la incertidumbre: el lenguaje como misterio

Al preguntarle al autor por la influencia de los modismos y el tono santandereano en su escritura, decidió responder desde el asombro:

“Considero que se escribe desde la incertidumbre. Escribir es una forma de explorar algo que no entendemos, nos extraña o asombra. A mí el lenguaje me parece algo extraño, un misterio sin respuesta”.

Esa afirmación encierra la filosofía profunda de que la escritura parte de la inquietud. El lenguaje es un instrumento que pocas veces dominamos por completo; es un territorio que habitamos y alimentamos con cada vivencia. 

En su proceso creativo, Bucaramanga y el lenguaje se funden.

“Supongo que yo inicié a escribir los cuentos de 400 años y un libro como una manera de explorar Bucaramanga, como un camino para entenderla, y el tema del lenguaje se fue mezclando”.

La clave está en comprender la lengua materna como el prisma desde el cual interpretamos el mundo. Cuando un autor escribe con su jerga propia, un tono regional y su manera particular de nombrar, está construyendo una nueva realidad.

La ciudad más allá del asfalto: lenguaje como arquitectura invisible

En la sinopsis del libro se afirma que Bucaramanga “sucede con independencia de sus habitantes” y el autor desarrolla la idea desmontando la historia fija:

“Creo que la idea de una historia oficial es engañosa. Sí, hay unos nombres, fechas, lugares, archivos, fotografías que dan cuenta de unos hechos que nos antecedieron, pero no creo que la historia se detenga allí”.

Frente a los nombres exactos, las placas conmemorativas y los archivos, él propone una dimensión de la ciudad que se sostiene desde el habla cotidiana.

“Creo que la ciudad se sostiene en ese lenguaje bajo, cercano al suelo, acaso no el mismo suelo”.

La lengua materna funciona aquí como una arquitectura invisible constituida por palabras compartidas. Cada modismo es un ladrillo simbólico y las expresiones regionales son una marca de pertenencia.

Desde la filosofía del lenguaje, esta idea resuena con una intuición poderosa, ya que configuramos el mundo y los territorios al nombrarlos. El lenguaje, además de reflejar la realidad, la organiza, la delimita y la vuelve posible.

Los narradores como extensiones del territorio

En “400 años y un libro”, los narradores no son voces neutras. Son obreros, objetos, vigilantes o figuras que cargan el peso del habla popular.

“Cada narrador es una extensión de la ciudad (…) Cada habitante sostiene el misterio de Bucaramanga y su lenguaje”.

El uso de voces diversas es una apuesta estética, al permitir que la ciudad se exprese desde distintos registros lingüísticos.

La lengua materna, entonces, aparece como un flujo vivo que circula entre generaciones. Es el español atravesado por la identidad santandereana, directa, firme, a veces irónica. Siempre cargada de mucho carácter.

Entre la historia oficial y el milagro de entendernos

Uno de los fragmentos más reveladores surge cuando el autor narra una anécdota: alguien lo corrigió por llamar “el caballo” a una escultura ubicada en la carrera 27 con calle 10, insistiendo en que su nombre correcto era “Bolívar ecuestre”.

“Quizá se trata de una historia oficial, la del conductor, la de los nombres exactos (…) y un lenguaje cotidiano, del día a día, minuto a minuto, donde aparece el milagro de entendernos”.

Ese milagro es el corazón de la lengua materna, que reemplaza la precisión terminológica por la experiencia de una comunidad. 

Ese entendimiento implícito que permite que una expresión coloquial sea más poderosa que un nombre inscrito en bronce.

En la literatura, la ficción puede explorar los vacíos de la historia, ampliar sus márgenes y permitir que hablen voces que no figuran en los registros.

Preservar el idioma y sus variaciones

En el marco del Día Internacional de la Lengua Materna, la reflexión se amplía:

“Las variaciones regionales y expresiones locales son asombrosas, quizá por lo extrañas, por lo torcidas, por lo burlonas y por el milagro de que, incluso torcidas y enredadas, las entendemos”.

En esas torceduras está la vitalidad del idioma. El español en cada región del mundo es un archipiélago de formas, acentos y matices.

Preservar la lengua materna no significa inmovilizarla. Se trata de permitir que sus variaciones sigan floreciendo. Significa reconocer que la identidad se expresa en el modo particular en que cada región pronuncia, transforma y resignifica las palabras.

“La manera en cómo usamos el lenguaje refleja quiénes somos, dice algo sobre lo que llevamos en el corazón”.

La lengua materna como acto de creación

En la escritura literaria, la lengua materna se convierte en un acto de creación constante. 

Cada vez que un autor incorpora un modismo, está trazando una cartografía cultural, afirmando que ese modo de hablar también merece ocupar el espacio de la literatura.

En “400 años y un libro”, Bucaramanga es más que un escenario: es voz, tono, ritmo. Es esa mezcla de incertidumbre y asombro que el autor identifica como motor de la escritura.

Esa es la lección más profunda del Día Internacional de la Lengua Materna. Cuando una comunidad protege sus palabras está resguardando su manera única de habitar el mundo.

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