Cáchira, el dulce corazón de la mora en Norte de Santander

Entre neblinas que abrazan la tierra y atardeceres que tiñen de rojo las montañas, se levanta Cáchira, un municipio donde el campo se ama, se cuida y se hereda.

Redacción: Natalia Martínez – Periodista TRO Digital

Fundada en 1811, esta población de la provincia de Ocaña ha crecido al ritmo de sus cultivos y de la unión de su gente, que convirtió la agricultura en una identidad.

A más de 2.000 metros sobre el nivel del mar, la mora encontró en Cáchira el clima perfecto para desarrollar un sabor especial. Un fruto pequeño y cargado de historia, que hoy se ha convertido en la embajadora del municipio. 

Aquí, cada racimo rojo cuenta el esfuerzo de generaciones campesinas que aprendieron a leer la tierra y a trabajarla con paciencia y respeto.

En el corregimiento La Carrera el aire huele a lodo, y familias como la de Mauricio Castillo se levantan a respirar lo que para ellos es el sustento: cultivos de mora.

El trabajo diario se transforma en esperanza

El canto de los pájaros anuncia la jornada, las manos se manchan de rojo y las risas acompañan el proceso. La siembra cuidadosa, la poda responsable y el uso de abonos orgánicos mantienen viva la planta y el suelo, demostrando que producir es un acto de cuidado de la naturaleza.

Lo que antes eran esfuerzos aislados en pequeñas parcelas, se fortalecen hoy con el trabajo asociativo. Organizaciones como MORACAR han permitido que los cultivadores unan fuerzas, mejoren sus procesos y aseguren el bienestar de su siembra.

Desde Cáchira, la mora emprende un recorrido desafiante por carreteras andinas hasta centros de acopio y empresas transformadoras. En ese viaje, el fruto lleva consigo el nombre del municipio y el esfuerzo de quienes lo cultivan, conectando el campo con los mercados y personas de todo el país.

El relevo generacional florece en las aulas

En las instituciones educativas rurales, niños y jóvenes aprenden desde pequeños a sembrar, críar plantas y valorar la agricultura como una forma sustento. Allí, las escuelas se preocupan por integrar conocimiento, innovación y amor por la tierra.

La transformación agrega un nuevo valor a la mora cachirense. Productos como el vino artesanal, las mermeladas y conservas resaltan el sabor dulce y ácido del fruto, exaltando la creatividad de las familias rurales que le apuestan a diversificar sus ingresos sin perder la esencia artesanal.

Cultivar en Cáchira también es cuidar

Los productores han comprendido que proteger la mora implica salvaguardar las fuentes de agua, reforestar y mantener vivas las cuencas que abastecen al municipio.

Así, el crecimiento del cultivo promueve paralelamente una conciencia ambiental que garantiza sostenibilidad para las futuras generaciones. Para los cachirenses, la mora no es solo un fruto. Es símbolo de unión, esfuerzo y amor por la tierra.

La dulzura de la mora viaja lejos, pero sus raíces permanecen firmes en el territorio, recordándonos que en el campo del Gran Santander nacen grandes historias.

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